CABO DOS BAHÍAS

El primer guardafauna que tuvo la reserva protegida, nos guía

"Conozco todas las reservas y ésta es la que les gana a todas", nos dirá en un tramo de la charla con Magazine. 

Eduardo Ibarra se llama el guardafauna que nos recibe, con una sonrisa y una charla amable, al llegar a Cabo Dos Bahías. Hombre que al día siguiente de nuestra visita cumplía 65 años y está cercano a su jubilación, patagónico que nació en Neuquén y tuvo la dicha de crecer en otro paisaje maravilloso: Dique Florentino Ameghino. "Tenía 5 años cuando mis padres se afincaron en el Dique", rememora. Cuarenta y seís años hace que llegó a Camarones. "Empecé a trabajar en la fábrica de recolección de algas marinas, que es única (las algas) y sale en Bahía Bustamante y después, en Chile que son los únicos lugares donde se da", precisa. Esa actividad lo llevó a vivir en las islas, como define, "porque también hacíamos explotación del guano de aves marinas". Recorrió todas las islas, desde Bahía Bustamante. "No hay isla que no haya vivido en ella", afirma.

Sin haber estado en la zona cercana a las Filipinas, a Eduardo lo hunde un kamikaze: el dueño de la empresa para la que trabajaba, desaparece dejando a la gente a la buena de Dios. Ya se iba a buscar nuevos horizontes para mantener a su familia en el 69, pero alguien, en el pueblo, le comenta que estaban buscando un guardafauna. Ya se había construido, la confortable vivienda que hoy ocupa en Cabo Dos Bahías. De modo que fue a ver al Intendente, que en aquella época era Intendenta. "Era Lolita Tolosa y su esposo, el ingeniero Said, que fue el que hizo el puerto...", precisa. La respuesta que obtiene es dubitativa ya que el municipio no tenía injerencia en la incipiente reserva natural. Sin embargo, el ingeniero Said habla con su par, Torrejón que, a la sazón, estaba a cargo del área de Turismo de la provincia, y poco después, incorporan a Eduardo al equipo. "Me fueron a buscar porque yo conocía más o menos la vida de los pingüinos, de todas las especies, por haber vivido en las islas", y así, entonces, inaugura un período, siendo el primer guardafauna que tiene Cabo Dos Bahías.

Dos de sus hijos nacieron en Camarones y la tercera, en Puerto Melo, unos 30 kilómetros al sur de la localidad. Cuando en 1980 la mayor de sus hijas termina la primaria, decide levantar sus petates y buscar dónde vivir y darle educación a ésta y sus otros hijos.

Puerto Madryn es el próximo destino, pero el sueldo en Turismo no alcanzaba. De modo que ingresa a una empresa prototípica del lugar donde siendo jefe de mantenimiento, se retira "Para hacer turismo", recuerda.

En efecto, Eduardo había comprado una camioneta muy confortable para llevar turistas a recorrer la zona, península Valdés, Pirámide, etcétera. "Porque esto del turismo es una vocación, hay que sentirlo realmente, y no creo que sea para cualquiera", define. Pero la competencia allí, en Madryn, lo bloqueó.

"Es que aquí, en Camarones, yo era algo así como el hombre orquesta. En aquella época que no había mecánicos, yo les hacía el mantenimiento a los motores que había en las estancias de la zona, me encargaba del cuidado y mantenimiento del radiofaro de San Gregorio y así, con el sueldo y esas changas, tenía para mantener a mi familia; en cambio en la reserva de Punta Loma, con el sueldo no alcanzaba. Por eso ingresé en la pesquera", medio como que se justifica por esa especie de "deslealtad" con su pasión: el turismo.

Las vueltas de la vida, después de 12 años en la pesquera, lo regresan al área de Turismo de Provincia, donde casualmente, es Antonio Torrejón el responsable del área, el mismo que allá en el 69 cuando ingresa como el primer guardafauna de Cabo Dos Bahías.

"Estuve en el Bosque Petrificado, en Sarmiento, como fiscalizador de las embarcaciones para el avistaje de ballenas en Puerto Pirámide, en Isla Los Pájaros, en Punta Norte y, finalmente, regresé aquí", recuerda sin abandonar esa cadenciosa simpatía que imprime a sus palabras.

La vocación turística y la capacitación

Ya en tema, Eduardo nos refiere que no es únicamente el conocimiento preciso sobre los temas que cada informante o guardafauna posea sobre el lugar de su tarea, lo que se necesita y requiere para estar en un área o zona turística. Más en una reserva protegida.

Para él -y coincidimos-, el turista debe llevarse el buen recuerdo no sólo del paisaje y la fauna que haya avistado, sino del buen trato, de la amabilidad de quien lo recibe con una sonrisa y una conversación prudente pero no lejana sino con un perfil de familiaridad que haga sentir cómodos a los visitantes. "El turista se va a ir de un lugar no ya con el recuerdo único del paisaje sino por lo bien o mal que lo hayan recibido y tratado", precisa y, reiteramos, con total certeza en ese juicio de valor.

"En temporada, aquí (Cabo Dos Bahías) atendemos 170 a 250 personas diariamente y, en ocasiones, 700, cuando llegan en colectivos", nos dice. Pero nos asombra luego cuando nos entera de que sólo son tres las personas que se ocupan de esos contingentes.

"Trabajamos 12 horas corridas, de 8 de la mañana a 8 de la noche", precisa. Lo que nos llama la atención -nuevamente- es que el horario de "cierre" se produzca a las 20 horas, cuando en verano y en nuestra zona, se hace noche más allá de las 22 horas y los atardeceres tardíos para el Norte, son una belleza paisajística más.

Llegando a la puerta de los pingüinos

La movida inminente de la "vigilia"

"Para Camarones esto va a ser fabuloso", exclama Eduardo al referirse a la inminente llegada de contingentes para la vigilia de los pingüinos el próximo 19 de septiembre. "Camarones necesita algo así", reafirma en idéntico sentido.

Sin embargo, como también lo refieren los chicos que actuarán como informantes de esos contingentes a partir del 19, Eduardo expresa que "Yo agradezco que todavía el movimiento es mínimoi", nos dice y ante nuestra extrañeza, explica.

"Es que cuanto más gente hay, más desastre se produce, más descontrol. Y, lamentablemente, no tenemos un centro donde educar a la gente. Las agencias de informes turísticos informan sobre rumbos, lugares, pero no le dicen al turista que si va a una reserva no tire papelitos, no fume, no haga fuego... es decir: no educan".

"Hay algunos pingüinos que se adelantaron" nos refiere antes de que lleguemos a Cabo Dos Bahías y comprobemos lo certero de su comentario (ver nota Magazine con las fotos). "Llegan en grupo... de pronto usted va y no ve ninguno y, al día siguiente, están ahí en cantidad".

Cuando ante la seguramente oleada de turistas y visitantes que llegarán a Cabo Dos Bahías, indagamos sobre cuántos serán para atender a los contingentes, Eduardo precisa: "Seguimos siendo tres", al menos así lo era hasta el lunes 8 que realizamos esta nota. Claro está que a ese número hay que sumarle los 11 chicos informantes que están siendo capacitados específicamente, y las dos capacitadoras y la informante de Turismo municipal de Camarones, Pascuala Colipan (ver nota).

Punta Tombo / Cabo Dos Bahías

"Conozco todas las reservas, pero como reserva pintoresca, como paisaje, yo creo que ésta le gana a todas las reservas", expresa con evidente orgullo Eduardo. "Porque si vas a Punta Tombo vas a ver pingüinos, únicamente pingüinos. ¿Paisaje? Es relativo el paisaje allí, pero esto, Cabo Dos Bahías, Bahía Sara y esta costa, es una formación magnífica. Tiene caletas, el colorido del agua, la propia gente de Camarones... ¡es otra cosa!", refiere con una certeza que pudimos contrastar personalmente.

"No es lo mismo llegar a Punta Tombo, ver pingüinos y listo, nuevamente a Trelew o donde sea", continúa Eduardo, "Aquí es diferente; se pasa en Camarones, se pueden quedar allí uno o dos días, disfrutar de todo esto. Si les gusta la pesca, hay lugares para hacerlo, las playas son magníficas. Es decir, quien viene tiene un montón de cosas para disfrutar" y agrega, no interpretamos si como un ruego: "Y el paisaje y la tranquilidad que, por suerte, todavía tenemos".

Y fue así, como Eduardo Ibarra aventuró: recordamos, al regresar a la ciudad, además del impresionante paisaje, de la tambaleante marcha de los pingüinos, del colorido pelaje de los guanacos, de la quieta sorpresa de las maras o del escondrijo de los zorrinos, esa simpatía, afabilidad y buena onda que Eduardo Ibarra nos brindó apenas llegamos a la casa del guardafauna, antes de seguir hacia Cabo Dos Bahías. Sería lamentable, sin eufemismos, que el debut de esa reserva protegida con la "vigilia" de los pingüinos, torne al lugar en un reservorio de desperdicios y descuido. Abogamos porque no resulte así y, además y principalmente, se cuide no sólo la fauna de la reserva, el paisaje y su silvestre naturaleza sino y además, el número de visitantes que la recorran. Y que, como suele suceder, no haya "iluminados" a los que se les ocurra construir por allí... el mar, la flora y la fauna no se lo merecen...

 

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