RDO. PADRE GIOVANNI CORTI:

"Yo, desde toda la Eternidad, sabía que venía a la Patagonia"

Viernes soleado y poco ventoso el de anteayer. La capilla, blanqueada el color de sus paredes por su pintura y el sol tormentoso que amenazaba la ciudad, resaltaba contra el ocre de la calle de tierra que corre frente al colegio del Padre Corti. Adentro, luego de trasponer el gran portón de rejas y estacionar el coche, ingresamos por el angosto pasillo al aire libre sobre el que da la puerta de ingreso a la también reducida vivienda de ese hombre, una institución patagónica y comodorense nos atrevemos a decir, que supera, día a día, con una fortaleza inédita, los achaques de su dolencia cardiovascular. Fueron, en realidad, dos días que charlamos con el Padre Giovanni Corti, más conocido como el cura Corti. Ese viernes parecía más cansado, raramente agotado, aunque su verba siempre fue sostenida y admirable su memoria. El sábado -al día siguiente-, nos pareció como renovado, rejuvenecido incluso. Admirable, insistimos, tanto su fortaleza física cuanto su espíritu jovial, alegre, que transmite la satisfacción de su vocación sacerdotal. Esa que nació en Lecco, a sus 14 años y de la que jamás renunció.

El viernes

Quería, Padre, que me contara todo aquello que dio origen al "Padre Corti", sobre su niñez, cómo era de chico, dónde nació... todo aquello que dio origen a lo que hoy conocemos como el Padre Corti.

Aquí está mi curriculum vite... 

Dónde nació... cómo era su casa

Yo nací el 9 de octubre de 1925 en un pueblo cerca de Suiza, que se llama Lecco, a 50 km al norte de Milán, y 30 km al sur de suiza. Éramos pobres, estába mi papá y mi papá y luego, cinco hermanas. 

Mi papá se llamaba Jerónimo y mi mamá se llamaba María. 

¿Eran italianos?

Sí sí. Papá trabajaba en una fábrica de altos hornos de herrería. Trabajaba en dos turnos y cuando volvía a las 6 de la mañana, dormía un rato y luego iba al monte a buscar madera para que pudiese tener fuego la estufa, que te mantenía calor a la cocina y a las dos piezas. En una dormían mis cinco hermanas, y la otra papá y mamá, y yo no tenía lugar para dormir.

¿Usted es el más chico?

Yo soy el penúltimo. De las cinco hermanas queda una todavía

¿Y cómo se llaman sus hermanas?

María, China, Carla... Leochilda y María y yo. Bueno... Yo no tenía lugar para dormir. Entonces, durante el invierno dormía en un establo de un tío mío donde había dos vacas que calentaban el ambiente para que yo pudiera dormir. Y en verano dormía sobre un pastizal, al fresco, donde no había nada, solamente había pasto. Y eso era mi colchón para poder vivir. Y luego, lunes y miércoles, me ponían sobre el hombro un paco, una encomienda de 40 kilos de ropa, e iba a un monte a 1.200 metros, donde había un sanatorio con 120 enfermas. Y allí extendíamos la ropa y vendíamos la ropa. Miércoles y viernes con un canasto lleno de pedazos de queso, recorría los pueblos para vender el queso. Y todas las semanas llevaba a la casa 3 liras y con eso mamá compraba el pan para que nosotros pudiéramos comer.

Mi adolescencia ha sido muy sufrida. Se ve que Dios quería prepararme para la misión, luego, en la Patagonia. 

¿Esa ropa que usted llevaba a vender, las hacían sus hermanas?

No, no. Eran de un negocio. Entonces el dueño del negocio me ponía sobre los hombros una encomienda, caminaba hasta llegar al sanatorio y allí sobre un banco, extendíamos la ropa y vendíamos. Entre la venta de ropa y la venta de queso, llevaba a casa 3 liras que servían a mamá para comprar el pan.

Y así usted estuvo llevando la ropa, el queso ¿se fabricaba en su casa?

No no. Era de dos negocios completamente distintos, uno cerca del otro.

Y así fue su adolescencia... Más o menos hasta que edad.

Hasta los 14 años.

Usted tenía mucho tiempo para pensar ¿no?

Sí, sí, mucho tiempo. Y un día se me ocurrió decir a mamá que yo quería ser sacerdote.

¿A los 14 años?

Sí sí.

¿Perdón... ¿Su familia era religiosa?

Muy religiosa. Sobre todo mamá, era muy católica, al mismo tiempo era la enfermera del pueblo y atendía a los enfermos, gratis, de las 6 de la mañana hasta las 12. A las 7 íbamos a la iglesia. Yo hacía de monaguillo y ayudaba misa al sacerdote. Durante esa misa mamá hacía la Comunión y luego yo salía de allí, iba a la escuela donde la maestra me esperaba, y mamá recorría el pueblo para colocar inyecciones para atender a los enfermos.

¿Hacía partos también?

Sí, sí, asistía partos. 

¿Cómo era usted, de alumno, en la escuela?

Era muy estudioso, muy atento y sobre todo me gustaba ayudar a los niños pobres, a los niños que tenían menos que yo. Entonces... lo que yo tenía lo repartía con mis compañeros. Y a los 14 años, entonces, me fui al Seminario de los Salesianos, a 70 kilómetros de mi pueblo, que se llama Chiari, que era un Spiandatto" donde había 400 niños que tenían vocación para ser sacerdotes.

Todos eran de 14 años.

Todos de 14 años hasta los 18 años. Estaba lo que se llama el gimnasio, que son 4 años.

¿Qué es el gimnasio?

Eso sería la escuela secundaria. Terminado el gimnasio fui trasladado a otro pueblo, que se llama Montodine, a 40 kilómetros de allí, donde hice el noviciado, que es el comienzo de la vida religiosa, donde uno está con el Maestro de Novicios y tiene que hacer los quehaceres humildes, de lavar platos, lavar ollas, de mantener su cama limpia, ordenada, y luego hacer toda la práctica de piedad que implica ese año de formación.

Terminado ese año de formación, hice los primeros votos de pobreza, castidad y obediencia. De pobreza por el cual no tengo mío absolutamente nada. De obediencia, de ir a los lugares a los que me hubieran mandado los superiores. Y de castidad, que no hubiera contraído matrimonio sino que había consagrado mi vida al Señor y para el bien de las almas. 

Terminado ese año, fui a lo que se llama Estudiantado Filosófico, donde estudié filosofía, pedagogía. 

¿Y cuál fue la que más le gustaba?

Filosofía. Y después pedagogía, y después el sistema salesiano.

¿Y por qué le gustaba filosofía?

Porque me hacía razonar, y me enseñaba a valer los tesoros, los dones que Dios me había dado. 

Siempre fue conciente de esos dones, de esos tesoros...

Siempre, siempre fui conciente y siempre busqué la forma de desarrollarlos en la mejor forma posible. Y después de allí, después del noviciado, hice los estudios filosóficos que duraron tres años, y allí tuvimos que sufrir las consecuencias de la guerra.

Porque un día, un sábado, mientras estábamos en la clase, vinieron cincuenta alemanes con furor, con soberbia, nos sacaron a todos de la clase y nos ordenaron abandonar la Casa Salesiana de Estudiantado porque ahí iban a poner un hospital para heridos de la guerra, sobre todo alemanes.
 


¿Usted qué hizo?

De allí fuimos a una pequeña casa salesiana, donde allí teníamos clase y teníamos la comida, pero de noche hacíamos 8 kilómetros para ir a un castillo para dormir en el suelo, con un colchón, sin luz. Y cuando necesitábamos ir al baño, íbamos abajo, al aire libre, con el frío, a hacer nuestras necesidades. 

¿Cómo se llamaba ese castillo...?¿Se acuerda?

Se llamaba ""Cipolla" que significa "cebolla".

Ya estaba abandonado ese castillo...

Sí, ya estaba abandonado. A la noche íbamos en grupitos rezando el Rosario, y a la mañana volvíamos haciendo los 8 kilómetros, estudiando, repasando las lecciones que nos tocaba durante el día.

Y qué era lo que a usted le resultaba, en esa época, más duro. Qué era lo que le ofrecía mayor dificultad. 

Era, digamos así, el temor de que los alemanes nos iban a tomar y nos iban a llevar a los campos de concentración. En efecto, me llevaron a mí junto con otros tres, a Alemania, a la ciudad de Buchebald, a un campo de concentración donde todavía me acuerdo de los hornos crematorios, donde entraban cien judíos, se levantaba el piso en forma de embudo y entraban en un horno, se quemaban todo, y con las cenizas hacían jabón, con el cual nosotros teníamos que lavar la cara. Realmente fueron 13 meses de tormento. Hasta que logré escaparme del campo de concentración. 

Perdón... pero ¿Por qué a usted y sus otros tres compañeros los llevaron y a los otros, no?

Porque nosotros íbamos de noche a una montaña a comprar una vaca para poder comer. Pero había que tener el permiso de los alemanes, los cuáles querían la mitad de la vaca. Si dábamos la mitad, nosotros nos quedábamos con nada. Hasta que uno del seminario nos delató al Comando alemán. Y ese sábado vinieron cincuenta alemanes, nos sacaron a todos de las aulas y a nosotros tres nos pusieron para fusilarnos. Pero intervino un abogado, que hablaba muy bien el alemán, y entonces no nos fusilaron sino que nos pusieron un capote con el número 1449 para mí, y nos llevaron en un carruaje a Brescia, y allí nos pusieron en un vagón del ferrocarril, en un vagón donde éramos quinientos. Y todos los días, a la mañana, tiraban una bolsa de pan y yo solamente tres veces agarré un pedazo de pan para poder alimentarme. 

Hasta que con otros dos presos, pudimos evadir la guardia e hicimos 700 kilómetros para llegar a casa. Y cuando llegué a casa...

¿Cómo viajaron?

Caminando... Caminando de noche porque de día si nos agarraban los alemanes, nos fusilaban. Y cuando llegué a mi casa, eran las dos de la mañana, estaba todo cerrado, no se podía prender las luces porque si los aviones veían luz, hacían caer bombas. A las dos horas mamá reconoció mi voz y cuando bajó y me vio, se puso a llorar porque no sabían que yo había estado en un campo de concentración y no sabían todo el recorrido que había hecho, de 750 kilómetros.

Menos mal que cuando llegamos a Suiza, un camión con soldados italianos nos levantó y fuimos a Milán. Después de ahí, de Milán, encontré otro camión que me llevó hasta mi pueblo. Allí me encontré con mamá, con papá, y con mis cinco hermanas. 

¿Estaban todos bien?

Ellos estaban todos bien. Pero yo pesaba, en esa época, 20 kilos, porque no nos daban de comer. Había que sufrir hambre. Con nosotros no usaron nunca los hornos crematorios pero con los judíos sí. Todos los días quemaban alrededor de 100 judíos en los hornos.

¿Usted vivía en una barraca con los judíos?

Sí, yo vivía en una barraca. En el campo, todos los presos, eran alrededor de 35 mil. 

¿Recuerda alguno en especial, alguien en especial?

Bueno, recuerdo los dos con los cuales logramos escaparnos. 

¿Cómo se llamaban?

Uno se llamaba Enrique y el otro, Pablo.

Un día, estaba en el restaurante de la estación grande de Milán, mientras estaba en el bar tomando un café con leche para comer algo, vino un señor y cuando me vio, se puso a llorar. Y me preguntó: "¿No me conocés?". No, no sé, le contesté. Y él siguió: "Mirá, vos sos Corti y ¿no te acordás de Buchebald, no te acordás cuando escapamos? Yo escapé contigo". 

¿En qué año sucedió ese encuentro casual?

En el año 1944, cuando escapé de Buchebald, y en el 45 tuve el encuentro con esta persona.

Luego, de allí, los Superiores me mandaron a Bologna, donde las bombas habían destruido el colegio, la iglesia y al mismo tiempo, también el Oratorio. Yo, durante la semana, atendía a 200 huérfanos que estaban allí para aprender el oficio de imprenta, de sastrería, de carpintería, de tornería, de mecánica de auto, etcétera.

¿Usted ya estaba ordenado?

No, no, no. Estos son los tres años de tirosinio  (en italiano significa "cerca") que son los tres años de prueba los que una vez terminados, decide si seguir con la vocación salesiana o dejarla y retirarse. Pasados esos tres años en Bologna, que justamente mis exalumnos, todo el segundo martes de cada mes se reúnen, rezan la misa y después hacen reunión y me mandan todos los meses el boletín de lo que hacen...
 


Con Paulo VI

Derecha y arriba con Juan Pablo II


¡Impresionante!

Ahí tengo el Boletín último que recibí el otro día, que está todo transformado, todo cambiado, y de vez en cuando, juntan dinero y lo mandan a mi sobrino, que es subgerente de un banco al Ecco, y después él manda el dinero acá, a la cuenta que tengo en el Baco Provincia a nombre de Obra Padre Juan Corti. 

Cuénteme de cuando usted se ordena... Estuvieron sus hermanas, ¿su familia?

No, nada. Me recibí de sacerdote el 24 de noviembre de 1952, en la iglesia grande de Córdoba. Mi padrino fue el general Müller, que fue el general aquí, en Comodoro Rivadavia cuando esto era Gobernación Militar de Comodoro Rivadavia, desde Rawson hasta Puerto Deseado. 

Entonces, usted se recibió de sacerdote en Argentina...

Sí.

¿Qué pasó para venir a la Argentina sin estar ordenado?

Yo, de venir acá para que durante los estudios teológicos, aprender castellano, para que después ordenado sacerdote, pudiera tener facilidad de palabra y, al mismo tiempo, conocer la lengua. 

Y en ese tiempo ¿Qué sabía usted de la Argentina?

Sabía solamente la nación predilecta de Don Bosco, porque de los veinte tomos de la Vida de Don Bosco, el décimo tomo habla de todos los sueños que Don Bosco tuvo sobre la Patagonia. Entonces, después, cuando estaba en Córdoba estudiando teología, vinieron dos sacerdotes, uno el padre Stefenelli, al cual le han dedicado un pueblo cerca de Roca, y el otro el padre Gardí, que hizo la gran misión en ChosMalal que todavía lo recuerdan, que todavía lo tienen presente. 

¿En qué lugar de Córdoba usted terminó sus estudios?

Terminé en el Instituto Villada, que era un lugar lindo y cómodo, afuera de la ciudad. Pero los domingos iba a una iglesia y hacía oratorio con los chicos, los asistía durante la misa, los asistía a jugar, después les daba Catecismo y después los acompoañaba a casa. 

¿Qué fue aquello que a usted lo llevó a hacer toda esta obra y aquello que, desde sus inicios, le despertaban los niños?

Lo siguiente: yo imité a Don Bosco que comenzó su obra con huérfanos de padre y madre, llamado Bartolomé Garelli, que lo llevó a su casa y le preguntó ¿Cómo te llamás? "Bartolomé Garelli" ¿Sabés leer? "no" ¿Sabés escribir? "no" ¿Tenés papá? "no" ¿Tenés mamá? "no" ¿Y dónde dormís? "duermo bajo el puente del río Po, sobre pajas o sobre bolsas o en la dura tierra y durante el día vendo diarios y lustro zapatos y con ese poco que me gano, me alimento". Entonces Don Bosco le dijo: "Te espero el domingo que viene, no solo sino por lo menos con 10 compañeros tuyos". El chico no llevó 10, llevó 30. Y con esos 30 él comenzó el Primer Oratorio dedicado a San Francisco de Sales, que es el Protector de la Congresación Salesiana. 

Es casi como su historia, que dormía en un establo, sobre paja... Qué increíble ¿no?

Mi vida es muy semejante a la vida de San Juan Bosco. Le pedí a él que me diera su fuerza, que me diera su vida, que me diera su constancia y que me mandara a la Patagonia, porque cuando leí el 10mo Tomo de los 20 de la Vida de Don Bosco y ese 10mo que hablaba de todos los sueños que Don Bosco tuvo sobre la Patagonia, y al saber que los primeros misioneros que él mandó fueron de Italia a la Patagonia, y que entre ellos estaba el Padre Cagliero, que fue el maestro de Ceferino Namuncurá, y que lo llevó a Italia a estudiar a un colegio salesiano cerca de Roma, Frascatti, donde estuve hace dos años, donde vi la placa que dice que ahí estudió Ceferino Namuncurá. Y el Padre Cagliero lo llevó al Papa León XIII para que lo bendijera. Y antes de salir, lo llamó aparte a Monseñor Cagliero y le dijo: "¡Qué lindo este joven! ¡Qué hermoso este indio! Ciertamente, esto va a ser algo grande". Y fue aquel que convirtió la tribu Tehuelche, la tribu de su gente, en simpay.

 

Qué es lo que usted quiere dejarme para esos sacerdotes jóvenes, o aquellos seminaristas, que ahora se forman, que cada vez hay menos... ¿Qué quisiera transmitirles?

Lo siguiente: primero que estén convencidos de su vocación. Segundo, que vivan su vocación pensando que es un gran don que Dios nos ha dado. Dios, hay tantos jóvenes en mi pueblo, soy el único que es misionero, que ha venido a la Patagonia y que conoce la Patagonia, soy el único. Por lo tanto, los sacerdotes jóvenes les pido, les encomiendo lo siguiente: que sean sacerdotes... en latín se dice "alter Cristus" o sea, "otro Cristo", por lo tanto que lleven una vida de pobreza, de humildad, de trabajo, de sacrificio y de oración. Nosotros somos sembradores y Él Aquel que luego recoge. 

Yo actualmente, me siento satisfecho de haber empleado 60 años acá, en la Patagonia, habiendo llegado el 30 de octubre de 1948, cuando Comodoro llegaba a la calle Urquiza y donde el edificio más grande era el Hospital Vecinal, donde yo llevaba, con el tiempo, los heridos. Los ponía al hombro, los ataba, y con la moto los llevaba al Hospital Vecinal. Y allí, a veces ayudaba al médico a operar. 

Casi como su mamá...

 Exacto...

¡Cómo las historias se repiten...!

Exacto... sí... (responde con profunda emoción, conmovido por ese recuerdo)

¿Cómo fue su viaje en barco hasta aquí?¿Desde qué puerto zarpó de Italia? 

Salí de Génova en el barco argentino "Santa Cruz" que fue el primer barco que llevó trigo a Italia para que pudiéramos tener la comida. Y justo nos tocó Navidad. Entonces preparé a los chicos un coro, y éramos 18 los misioneros, porque eran para Uruguay, Paraguay, Brasil, y cuatro éramos para Argentina. Tres para la inspectoría de Bahía Blanca y uno, en cambio, para la ciudad de Buenos Aires. 

Y ese viaje ¿Cómo lo recuerda?

Lo recuerdo porque teníamos mucho hambre y no había mucho que comer. Y cuando llegamos a Buenos Aires, cuando bajamos, vi mucho canastos llenos de pan. Entonces me arrimé a uno de ellos y puse cinco "felipes" en cada bolsillo y me los comía de noche, por vergüenza ¿no? Si bien estaba en un Colegio Salesiano...

¿En cuál estaba?

En el Colegio Salesiano de San Isidro de Artes y Oficios.

Y ahí fue bien recibido... 

Ahí estuve cuatro meses, hasta que después fui a Córdoba para comenzar los estudios teológicos. 

¿Y qué recuerda de su Ordenación?

Todos los demás tenían parientes, tenían amigos, en cambio yo no tenía a nadie, pero sentía la presencia de mis padres, de mis hermanas... y de Dios...  

 

La famosa moto del Padre Corti

Ya en Comodoro, incansable, recorría la ciudad y sus aledaños proyectando obras, dando una mano a los chicos "de la calle".

Entonces, como caminaba mucho, hacía 30 kilómetros por día, se reunió una Comisión y dijeron: vamos a comprar una moto al Padre Corti.

En ese momento ingresa a la pequeña salita-escritorio-comedor, Ángel Sánchez y el Padre Corti alude a él:

Él fue alumno mío oratoriano y ahora es escritor.

Hace poco, otro alumno suyo nos contaba que iba con usted al cine, con los otros chicos...

¡Ah sí! El papá tenía un taxi y me llevaba gratis. Íbamos al cine, sí, y ahí al frente había un copetín al paso, al frente del cine Español. 

Este (toma una foto y nos la muestra) fue el primer alumno del Oratorio Salesiano de Corrientes de Monseñor Borgatti. Cuando vino acá para confirmar a los niños de Comodoro, él preparó un asado para todos mis chicos y yo lo llevé a Mons. Borgatti y se encontró con su primer alumno. 

¿Y qué piensa usted de sus alumnos, ahora cuando los ve grandes?

Algunos los conozco, otros no porque han cambiado, pero la mayoría son un honor de las ocho escuelas que hice. Hice ocho escuelas, de las cuales dos son salesianas.  El primer Domingo Savio, el Segundo Domingo Savio. En cambio, las otras escuelas San José Obrero, Juan XXIII, Ceferino Namuncurá, Don Bosco y el Jardín de Infantes, esos son del Obispado. 

¿Y hay alguna de esas escuelas donde usted tenga su corazón puesto?

El primer Domingo Savio porque comencé la obra en un salón de baile. Los lunes salía del colegio Salesiano Dean Funes donde dormía, a las 4 de la mañana, cruzaba el cerro, con un bastón para defenderme de los perros, llegaba al salón de baile, sacaba a todos los borrachos y luego ponía los bancos, ponía los biombos para dividir los grados. Y allí estuve hasta el año 1959. De ahí me fui a la iglesia San Carlos que estaba haciendo María Auxiliadora, tenía un grado en el órgano, cuatro grados en la parte de la iglesia, un grado sobre el altar, y otro grado en la sacristía. Y los viernes, teníamos que sacar todo porque el domingo rezaba misa para la gente. 

Qué épocas ¿no?

Épocas de mucho sacrificio, porque no comía, no dormía, y ahora estoy pagando las consecuencias de esa vida tan irregular y tan desordenada que hice...

Pero rodeado del afecto de todo el mundo...

Si, sí, eso sí... 
 


El Sábado

Cuando llegamos a lo del Padre Corti, se encontraba rezando el Rosario. Un Rosario de plástico. Nos ve e insiste en que tomemos café con él. Le pedimos un vaso de agua fresca. Sobre el escritorio había papeles bancarios. Era la rendición de cuentas de la colecta que el Padre lleva adelante para concluir con la obra en construcción, en el Colegio Juan XIII.

¿Ves la cuenta? Fundación amigos del padre Corti, banco Provincia, Nº 189059/4 - y aclara - ése, el del centro. Para la obra necesitamos juntar 100 mil pesos, para 746 metros cuadrados de paredes, revoque fino y grueso.

Mirá, tenemos 7.460 pesos ahora. Cuando lleguemos a los 10.000 iniciamos los trabajos de paredes, con los 5.000 ladrillos que donó la Municipalidad, y el cemento de Materiales Motesi, que también dio 300 bolsas de cal para los 740 metros cuadrados del segundo piso. Vamos a tener 9 aulas, baños para varones y mujeres; una oficina para la Asistente.

La obra va a tener vidrio grueso, para que ilumine la galería, para que no sea una galería oscura, sin alegría. La ministra de Educación me ha prometido 300 bancos y 300 sillas para las nueve aulas que vamos a hacer, para los alumnos de 7mo hasta los 14.

Iniciarán, a los 14, y terminarán a 20/21 años. Los que salen ya tienen trabajo asegurado en empresas de petróleo que están en Comodoro Rivadavia, que esperan técnicos, gente capacitada para el negocio del petróleo, que es el negocio más importante de nuestra ciudad.

¿Quién le trae los resúmenes de los depósitos?

Una señorita que trabaja conmigo. Deposita y me trae todo. Todo como documento para que el día de mañana, cuando se escriba algo, tengan elementos históricos para escribir sobre la verdad. Tengo, actualmente, 150 biblioratos, desde 1948 hasta este año, guardados en mi oficina y parte en la biblioteca del Colegio. Todo bien catalogado, año por año, de modo que cuando se escriba la historia del Padre Corti, tienen material escrito, gráfico, de prensa, radio, de televisión, y podrán escribir la historia fehacientemente.

Actualmente hay un ex alumno mío del oratorio, Ángel Sánchez, que está revisando todo el archivo, y va a escribir un libro cuya tapa va a ser una de estas tres (me las muestra)

¿Y cuál le gusta más?

Ésta (foto izquierda)

Obras son amores... -le digo cuando leo el título.

Sonriendo, nuevamente me señala una fotito de las de la tapa.

Yo estoy acá con la moto. Acá con el señor Fonseca (el parrillero); Acá en la Antártida Argentina, cuando fui tres meses.

¿Le gustó?

¡Muchísimo! -y riéndose, agrega- ¡Con 50 grados bajo cero...!

Usted siempre me habla de la moto... ¿Le gustaba mucho, no?

Sí... (prolonga la afirmación...) Primero era una Java. Se reunió un grupo de personas, juntó 10 mil pesos y compró la Java, de 125 cc. Me iba a Cañadón Seco, al campamento de las petroleras, donde, con un camión, visitaba los pozos y juntaba bolsas de cemento con los obreros. Visitaba los pozos, hablaba con los italianos y después los italianos me pedían que les comprara chulengos, para llevarlos a Italia como recuerdo de la Patagonia. Y todavía me escriben, me llaman por teléfono. Cuando alguno viene por acá, viene a visitarme.

¿Siempre previó hacer un libro con su obra?

¡No! No... Guardaba todo solamente por prolijo. Sí, porque de los primeros salesianos que vinieron por acá, no hay nada escrito.

¿Y usted por qué cree que no se escribió nada?

Porque ellos no escribían nada. Yo, en cambio, comencé en el '43, y sigo guardando los recortes de diarios, las audiciones de radio, porque hablé 15 años por radio, de 8 a 8 y cuarto de la mañana; y por 13 años tuve un programa, los viernes, por televisión, para los niños. En el bolsillo tenía juguetes, los sacaba y con eso hablaba de Dios, de los deberes de los niños pequeños, del cuidado de los padres hacia los hijos, hacía Catequésis mediante títeres, juegos...

Totalmente de avanzada, Padre... A nosotros nos enseñaron el Catecismo a través del pecado, del mal...

No, no... Dios es bueno -nos mira con fijeza y repite- Es bueno Dios. Yo lo experimenté muchas veces... La bondad de Dios... la bondad de Dios...

Cuando no tenía nada con qué pagar, rezaba y llegaba el dinero necesario para pagar. Tuve la suerte cuando vino Onganía, la señora vino al Colegio Domingo Savio, visitó la Escuela, y yo le entregué una carpeta. Al mes recibo un telegrama diciendo que el día lunes tenía que estar en la calle Humberto Iº para ir al banco, para retirar los 30 millones que Onganía había establecido me daría para mi obra. Yo estaba en la fila, vino un señor y me dijo: "¿Usted es el padre Corti? -le contesté que sí y me dice- Pase al banco por la puerta secreta". La cajera me dijo "¿Cómo los quiere, en efectivo?" y les pedí que manden transferencia a nombre del Colegio Manuel Savio. Con eso pagué el Domingo Savio, que costó, 270 millones.

Es bueno con los números, padre... Se acuerda la cantidad de ladrillos, de personas... ¿Siempre fue bueno con los números?

¡Sí, siempre! Siempre he sido una persona muy prolija y muy ordenada.

Son, tal vez, los hábitos suizos

Sí (se ríe) los del orden, la prolijidad... (risa). Desde el 48 que guardo, desde que comencé a trabajar en Comodoro Rivadavia, guardo. Hubo un incendio, pero guardo todo.

¿Y cuándo saldrá ese libro, padre?

A mitad del año que viene.

Bueno, espero me dedique un ejemplar...

¡Por supuesto! Es un gusto para mí, querida señora.

Francesca

Nos dice el padre Corti que los perros que llegan a su casa se los manda Don Bosco. Son, como los chicos que ayudó a salir de la pobreza espiritual e intelectual, animales vencidos, viejos, no queridos por nadie. Uno de estos está en el pequeño trozo de tierra con césped, frente a la casita, echado, tranquilo y en paz, como esperando el viaje final sin ansiedades. La otra, Francesca, una perra de apariencia dóberman, es la que vigila con esos ojazos de mirada fija, que no se nos quitó de encima durante toda la charla, echada bajo la pequeña mesa redonda que hace las veces de comedor, en el mismo ambiente del escritorio.

No tiene dientes casi, pero su instinto guardián está tan vigente y activo como, suponemos, lo estuvo en su juventud.

Cuando nos levantamos para irnos, ella nos sigue, saliendo de debajo de la mesa. La ayudanta del Padre Corti, al ver que Francesca camina detrás, nos dice: "No se inquiete, no muerde... deshilacha..."

Nos detenemos en el umbral de la puerta, y habiendo rechazado con toda la amabilidad, la invitación que el Padre Corti nos hizo para almorzar con él, le preguntamos:

Padre... ¿Cuándo supo que vendría a la Patagonia?

Mirándonos con placidez y una sonrisa, nos responde:

"Yo, desde toda la eternidad, sabía que venía a la Patagonia"

El Curriculum del "cura Corti"

 


 

La obra del Padre Corti es inconmensurable para la sociedad comodorense. En otro apartado de esta nota publicamos su extenso y feraz curriculum. Pero aquí, en las fotos, se ve cuál es el motivo, el objetivo de la colecta que la Fundación Amigos del Padre Corti está llevando adelante.

Se trata de terminar las paredes del segundo piso que ya está hormigonado y con la loza y columnas construidas. Faltan las paredes para, una vez realizadas, construir internamente las aulas y la oficina para la Asistente Social.

La cuenta bancaria donde cualquiera y desde cualquier lugar del mundo puede realizar su donación es:

Banco Provincia del Chubut

Fundación Padre Corti

Cuenta1890509/4

Todo, hasta el más mínimo aporte, es válido.

Desde ya muchas gracias

L.R.

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