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Matías mira a su alrededor y le
alcanza una sola palabra para describir lo que el espacio que lo rodea:
“Paraíso”, dice. Su paraíso personal es el jardín andaluz del Museo de
Arte Español Enrique Larreta, en el corazón del barrio de Belgrano.
Desde 2006, Matías Gianandrea, que tiene 26 años y síndrome de Down,
trabaja en ese espacio verde que supo convertir en su Edén. Todas las
mañanas viaja desde su casa, en Villa Crespo, y entre las 9 y las 16
comparte labores con sus compañeros Antonio y Ramón: “Yo limpio los
tachos, los caminos, los carteles, los bancos, todo para que el jardín
esté lo más lindo posible”, explica.
Matías empezó a trabajar en el museo después de que varias Escuelas de
Educación Especial de la ciudad se acercaran a distintos organismos
públicos con la intención de que sus alumnos se integraran a los
planteles, en principio como pasantes. Los chicos cumplían con tres
requisitos: habían aprendido alguna tarea u oficio, eran autónomos en la
calle y podían manejar dinero. “Fui pasante durante un buen tiempo, sólo
venía cuatro horas al museo, estaba en el jardín; pero después nos
agregaron a la planta y esa fue una de las alegrías más grandes para mí
y para mi familia, para todos fue un alivio muy grande”, cuenta Matías.
Es que en julio de 2010 la Legislatura Porteña sancionó la ley 3.503,
que establece “incorporar como agentes de planta a los pasantes del área
de Educación Especial que viene desarrollando tareas en diversas
dependencias en el ámbito del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos
Aires”.
El cambio valía la pena: desde el 1º de enero de 2011, los antiguos
pasantes cobrarían el mismo salario que sus compañeros de categoría, y
no sólo viáticos, y estarían haciendo aportes jubilatorios y a una obra
social. “Mi mamá se puso muy contenta”, explica Matías, que como
extendió su horario ahora también se ocupa del control de una sala. Al
día de hoy, son veintitrés los chicos y chicas alcanzados por la ley
porteña, impulsada por un las docentes de las escuelas y por las madres
de algunos alumnos. |
No sólo en el ámbito público se han planteado estas ideas, más o menos
programáticas, para integrar a chicos con capacidades diferentes –no
sólo con síndrome de Down– al trabajo. McDonald’s es uno de los casos
emblemáticos entre las empresas privadas: “En 1993, cuando la práctica
no era corriente, la compañía se asoció a la Fundación DISCAR para poner
en marcha el primer Programa de Empleo con Apoyo de la Argentina; la
firma ha sido una de las primeras en incorporar personas con
discapacidad intelectual a sus equipos de trabajo”, explica Patricio
Nobili, gerente de Recursos Humanos de Arcos Dorados Argentina, la
empresa que maneja la franquicia de la casa de comidas rápidas en el
país.
Actualmente, son 112 los empleados de McDonald’s con capacidades
diferentes. Según sostiene Nobili, realizan “las mismas tareas y tienen
las mismas responsabilidades que cualquier otro empleado, lo que le
permite tener las mismas posibilidades de crecimiento que sus
compañeros”. Consultado por la devolución de los clientes ante la
política de McDonald’s, Nobili subraya su apoyo: “Valoran el rol que
asume la compañía”. Y también destaca que la incorporación de compañeros
con capacidades diferentes “genera un clima de trabajo en equipo, más
que un ambiente de competencia; todos aprenden”, dice.
El primer sábado de cada mes, salvo que algún compromiso familiar se lo
impida, Matías exagera sus responsabilidades: acompaña a Antonio en las
dos visitas guiadas que da esa tarde por el jardín del Larreta. La
palabra oficial ante grupos de entre 15 y 30 personas la tiene Antonio,
pero Matías mete bocado: “Les cuento sobre los pisos del jardín, sobre
el pórtico, que es mi lugar favorito, y les digo algunas frases que me
enseñó mi compañero y que me gusta compartir”, explica. Uno de esos
aprendizajes que ahora Matías enseña a quienes quieran escucharlo es el
viejo proverbio romano: “Carpe diem, vive el momento”. Él le hace al
milenario consejo, cuenta, y disfruta de su día a día, de su trabajo, de
sentirse ocupado e integrado.
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