18/02/2009
 

Víctima de la Triple A

El auténtico coronel Rico, un héroe ignorado

Por Juan Salinas / Caras y Caretas

Al comenzar 1975, Martín Rico estaba jugado. Se había separado de su esposa, Carolina –que rápidamente había formado una nueva pareja con un compañero de promoción, el  general José Antonio Vaquero–­ y había iniciado una nueva convivencia amorosa con Lilian, que estaba embarazada.

Tenía 50 años y hacía mucho ya desde que, a fines de 1968, había ascendido a coronel. A pesar de haber hecho el curso de oficial de Estado Mayor, sabía que su “situación familiar irregular” era  suficiente para que los fariseos de la Junta de Calificaciones no le concedieran tampoco en esta última oportunidad las palmas de general. Su carrera militar se acercaba al fin. En diciembre pasaría a disponibilidad, la antesala del retiro.

Porteño, infante de estatura más bien baja, ancho y fornido, alegre y optimista, muy reservado, Rico revistaba en la Jefatura II (Inteligencia) del Estado Mayor conjunto (ECM), con oficinas en la sede del Ministerio de Defensa, que entonces estaba en Paseo Colón 255, frente al Edificio Libertador.

Su jefe era general ingeniero Ernesto Federico Della Croce, procedente del Tercer Cuerpo de Ejército con sede en Córdoba, donde en agosto último había tenido que dar la cara por la Masacre de Capilla del Rosario: el asesinato de 16 guerrilleros del ERP que tras haber intentado asaltar el regimiento 17 de Infantería Aerotransportada de Catamarca el 9 de agoto, se habían rendido. Quien en realidad había dado la orden de no tomar prisioneros era, precisamente, su segundo, el general Vaquero, el “pata de lana” de Rico. Esa matanza cambiaría el curso de las hostilidades, al decidir los desolados compañeros de los muertos (se decía que los habían matado tirándolos desde helicópteros) matar en represalia a 16 oficiales, serie que se cortó abruptamente por la mitad cuando, al matar en la ciudad de Tucumán al mayor Humberto Viola, los partisanos del ERP mataron también a su hijita, de 3 años. Tras lo cual, suspendieron abochornados las ejecuciones.

Della Croce sería secretario de Telecomunicaciones del gobierno constitucional de Isabel Perón durante unos pocos días antes del golpe de marzo de 1976, y atravesaría toda la dictadura como oficial en actividad, emergiendo de ella como jefe del arma de Comunicaciones. Dalla Tea, le había pedido a Rico velada pero repetidamente que dejara la investigación a la que se había entregado en cuerpo y alma: la del terrorismo paraestatal de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA) o Triple A.

Rico no tenía onda con Della Croce, pero creía poder contar con la protección del comandante en jefe del Ejército, el teniente general Leandro Enrique Anaya, de quien era íntimo colaborador. El anciano presidente Juan Domingo Perón había nombrado a Anaya reemplazante de Jorge Carcagno en diciembre de 1973, luego de remover a éste por demasiado izquierdista.

Dos meses atrás, al celebrarse en Caracas la X Conferencia de Ejércitos Americanos, el coronel Juan Jaime Cesio, secretario general del Ejército, había redactado el discurso con el que Carcagno, en lo que sería un hito, había impugnado la  Doctrina de la Seguridad Nacional impulsada por el Pentágono y denunciado como principales enemigos de los pueblos a las transnacionales y el endeudamiento externo. Dos meses después ambos habían pasado a retiro y Rico era el redactor del discurso nac & pop que Anaya pronunció al asumir la jefatura del Ejército.

Era una época de convulsiones y conversiones profundas. En los años ’50, Carcagno había sido gorila de paladar negro, y en los ’60, consecuentemente “colorado” y el encargado de reprimir el Cordobazo. Pero en los ’70 se había convertido en un sincero antiimperialista.

De manera parecida, Rico –que había ingresado en el Colegio Militar en 1943 tras la revolución juniana y egresado en 1946, con Perón en su magnífico primer año de gobierno– había tenido su iluminación, su camino de Damasco en el Operativo Dorrego, en el que militares y militantes/milicianos de la Juventud Peronista vinculada a Montoneros trabajaron hombro con hombro paliando y paleando los desastres causados por las inundaciones en los alrededores de 25 de mayo.

Por las noches, luego de cavar acequias y reparar escuelas y edificios públicos, jefes militares y jóvenes peronistas conversaban animadamente en fogones y entre guitarreadas. De esos encuentros participaron el general Albano Hardindeguy (futuro ministro del Interior de la dictadura), el montonero Norberto “El Cabezón” Habbeger (futuro desaparecido) el entonces líder juvenil y actual diputado nacional Juan Carlos Dante “El Canca” Gullo (que estuvo largos años preso mientras la dictadura secuestró y asesinó a su hermano mayor y a su madre) y el coronel Rico. Desde entonces, Rico vio varias veces a Gullo y otros jóvenes peronistas.

Hay versiones encontradas acerca de cómo Rico comenzó a investigar a la Triple A. Las más insistentes aseguran que se trató de un  encargo –formal o informal– de Anaya. La Triple A había comenzado a actuar a fines de 1973, cuando reivindicó un atentado contra el senador radical Hipólito Solari Yrigoyen y se lanzó seguidamente a una serie de atentados contra locales de la Juventud Peronista y partidos de izquierda. Perón murió el 1 de julio de 1974. El último día de ese mes, sicarios de la Triple A asesinaron en la avenida 9 de Julio y Arenales al diputado nacional Rodolfo Ortega Peña, dando inicio a una cacería y una larguísima serie de apariciones de cadáveres acribillados por varias armas de guerra en lugares agrestes o despoblados, casi siempre esposados o maniatados a la espalda, con los ojos vendados. Estilo que parecía una firma macabra.

Rico había pasado casi todo 1974 investigándola. Concebía esa labor como un último servicio a la Nación como militar en actividad, y tras descubrir vínculos entre las escuadras asesinas y la inteligencia del Ejército (que estaba dirigida por el general Otto Paladino) quería llegar a la verdad costare lo que costare y cayera quien cayere.

Aunque no se sabe que hubiera recibido amenazas directas, está claro que Rico se sentía en peligro. Y no sólo porque evitaba caminar por la calle si no era en sentido contrario al del tránsito, y adoptaba otras muchas otras precauciones, como ir en zigzag, doblando en cada manzana. También porque antes de salir de las  oficinas del EMC rumbo a su hogar, en Quilmes, llamaba a Lilian y le avisaba que si en ’45 minutos no estaba ahí, llamara a la policía. Rico no tenía auto propio. Se movía en un Ford Falcon blanco patente C-625121 que le había provisto el EMC. “Llevaba siempre la pistola en el asiento, muy cerca de su mano derecha, y me decía que no se dejaría secuestrar: que dispararía a la vez que embestiría con el Falcon a quien lo intentara”, recuerda Lilian.

Rico no podía dejar de percibir signos ominosos, apenas veladas amenazas. Un cúmulo de “casualidades” adredes.  La Triple A había seguido asesinado. En San Isidro, al abogado Alfredo Curutchet, defensor de presos políticos. Y el pasado 20 de septiembre, a Julio Troxler, un prócer de la resistencia peronista. Por cruel paradoja, sobreviviente de los fusilamientos del 9 de junio de 1956 en los basurales de José León Suárez. Troxler (que se interpretó a sí mismo en el film “Operación Masacre”, basado en el libro homónimo de Rodolfo Walsh y dirigido por Jorge “El Tigre” Cedrón) era un importante referente del Peronismo de Base, la izquierda clasista del movimiento. Gracias a que había sido policía en su juventud,  el gobernador Oscar Bidegain lo había nombrado subjefe de la Policía Bonaerense. Bidegain y Troxler fueron forzados a renunciar a fines de enero de 1974, luego de que una compañía del ERP al mando de Enrique Gorriarán Merlo atacó el regimiento de caballería blindada de Azul.

No ha sido posible confirmar que Troxler y Rico se conocieran. Pero sí está  claro que ambos investigaban a la Triple A, una tarea que para Troxler era tan natural como respirar. No sólo porque lo llevaba en la sangre, sino también porque sido miembro de la Logia Anael, fundada a comienzos de los años ’40 por el juez Julio César Urien con el objetivo general de promover la solidaridad entre los países del Tercer Mundo, y el más específico de estrechar lazos entre el Brasil de Getulio Vargas y la Argentina de Perón. El ignoto cabo retirado López Rega había terminado quedándose con una imprenta estatal, y con el nombre y los símbolos de la logia. De allí provenía la sigla AAA, que en su origen hacía referencia inocente a América Latina, Asia y África.

Troxler fue secuestrado al llegar a la Facultad de Derecho, donde daba clases, y llevado a un oscuro pasaje de Barracas, entre la avenida Suárez y las vías del Ferrocarril Roca, donde lo arrojaron al empedrado desde un  Peugeot 504 negro y lo acribillaron. Sin dignarse bajar del coche, los asesinos lo remataron con cuatro disparos en la cabeza. Sugestivamente, el pasaje elegido para la ejecución se llamaba y llama “Coronel Rico”.

Los asesinatos continuaron. Entre ellos los del teórico marxista Silvio Frondizi y el periodista Pedro Lepoldo Barraza. A fines de 1874, un amigo de Rico, el teniente retirado Oscar Igounet, dio una fiesta, y a la misma asistió un montonero que noviaba con una hija del general Miguel Angel Iñiguez, ex jefe de la Policía Federal. Iñiguez y el montonero intercambiaban informaciones. Esa noche,  Rico y el montonero ataron muchos cabos.

Desde entonces –si no de antes– Rico mantuvo encuentros regulares con el coronel retirado Jorge Oscar Montiel, de 58 años, quien revistaba en la SIDE. Oficiaba de enlace con el Ministerio de Defensa y con el secretario Técnico de la Presidencia de Isabel Perón, Julio González quien a la hora de ir a los bifes, insólitamente, negaría el vínculo

Montiel había sido nada menos que el jefe de la Superintendencia de Seguridad Federal (SSF, ex Coordinación Federal) desde antes de la masacre de Ezeiza (20.06.73) hasta después del ataque al cuartel de Azul (20.01.74), es decir de la dependencia en la que en ese mismo agitado período se consolidaron los escuadrones de la muerte que actuaban con la sigla AAA, liderados por el entonces subjefe de la repartición, comisario Alberto “Rommel” Villar, quien también había participado en la masacre de Capilla del Rosario. 

Durante los ocho meses en que Montiel estuvo al frente de la SSF, Perón ganó las elecciones y asumió su tercera presidencia, los Montoneros asesinaron a José Ignacio Rucci, López Rega consiguió primero que Perón lo ascendiera ¡15 grados! de cabo primero a comisario general –y de canillita a campeón–, luego que reincorporara como custodios suyos a dos policías federales expulsados por asesinatos y otros gravísimos delitos, el comisario Juan Ramón “El Chango” Morales y su cuasi yerno, el inspector Rodolfo Eduardo Almirón. Y, por último, que Perón firmara la reincorporación al servicio activo de los comisarios Alberto Villar y Luis Margaride, también exonerados y con sobrados antecedentes de represores de peronistas (Villar había llegado a derribar la puerta de la sede nacional del Partido Justicialista con una tanqueta).

En marzo de 1975,  la Triple dio un salto cuantitativo al matar a casi medio centenar de personas. La orgía de sangre tuvo su apogeo el día 21, cuando un concejal y otros ocho militantes  de la Jotapé en Lomas de Zamora, fueron secuestrados, apaleados, asesinados y sus cadáveres volados en lo que se conoce como “La masacre de Pasco”.

El miércoles 26 pasadas las 22, cuando Rico llegó al garaje aledaño a su casa de Quilmes –sobre la calle Moreno al 400– donde dejaba el Falcon blanco, resultó secuestrado. Su mujer escuchó frenadas y chirridos de autos que salieron “arando” y un testigo que luego se arrepintió de haber hablado le dijo que escuchó gritar “Carajo, ¡no voy a subir a ese auto!”.

Esa misma noche, desapareció el coronel Montiel.

Entre las dos y media y las tres de la madrugada del jueves, establecería el forense, Rico había sido asesinado con una escopeta Itaka y rematado con cinco balazos de 9 mm. en la cabeza. Lo habían fusilado contra un paredón de ladrillos muy cerca del cementerio de Avellaneda, en la esquina de Almafuerte y Montes de Oca. Junto al cementerio donde apenas había algunas barracas de acopio de lana y cueros. A pesar de que los disparos atravesaron la noche, en la comisaría 1ª dijeron no haberse enterado de nada hasta que recibieron un llamado anónimo cerca de las 6.  Por entonces, esa situación todavía no se llamaba “zona liberada”, sino, en la jerga policial, “área libre”.

El Falcon blanco apareció en una playa de estacionamiento de la Plaza Constitución, sobre la calle Brasil. Muy cerca del departamento en el que vivía el desaparecido coronel Montiel y su esposa.

Aunque faltaban las llaves del auto, y las de la caja fuerte que Rico tenía en el EMC, el Falcon no tenía un rasguño. Por lo que Lilian cree que pudo haber habido quien oficiara de entregador en el garaje de Quilmes.

Rico fue velado en el EMC y enterrado en la Chacarita, luego de una ceremonia a la que asistió un seleccionado de futuros represores, como los generales Carlos Guillermo Suárez Mason, Eduardo Viola, Osvaldo Azpitarte, Luciano Benjamín Menéndez y Santiago Omar Riveros. En nombre de sus compañeros de la promoción 75 del Colegio Militar (entre los que destacaba un mayor retirado, José Hoyas, que era quien manejaba en la zona sur, entre Quilmes y La Plata, el “Grupo 500”, dependiente del Batallón 601 de Inteligencia,  que solía emprender ejecuciones punitivas como Triple A

En la ceremonia hablaron el coronel Saverio Salvatti y el general Della Croce. Salvatti habló en representación de sus compañeros de la promoción 75 del Colegio Militar. Que también integró el cordobés José Hoyas, alías “El Viejo” o “Villegas” que se había retirado como mayor hacía ya más de una década y dirigía el “Grupo 500” del Batallón 601 de Inteligencia, que se autofinanciaba robando desde Quilmes a La Plata..

Salvatti dijo que Rico había sido “un amante de la verdad y para llegar a ella no aceptó fronteras”. Della Croce, en cambio dijo que Rico, "Un valiente", debía de haber experimentado una “tremenda frustración (…)  ante la imposibilidad de un combate franco”, y llevó agua a su molino al prometer “aunar el esfuerzo nacional para terminar de una vez por todas con la violencia imperante en el país (…) del signo que sea”.

El general Vaquero fue rápido de reflejos: en pleno shock de la embarazada/viuda, cayó por su casa de Quilmes y se llevó todos sus  papeles. Tras el golpe de marzo de 1976, Vaquero sería sucesivamente jefe del Estado Mayor General del Ejército, del Quinto Cuerpo de Ejército y del Tercer Cuerpo de Ejército.

Pero los papeles más importantes Rico los guardaba en su caja fuerte del EMC. En una ocasión en que se olvidó la llave en su casa, urgió a su familiares para que se la hicieran llegar cuanto antes, lo que parece indicar que no había otra copia en el EMC. Pero cuando Lilian se presentó en el EMC para retirar las pertenecías de Martín, se encontró con que la caja fuerte estaba abierta. Y vacía.

“Sabía que guardaba ahí los papeles de su investigación y también algunas otras cosas, como una lapicera enchapada en oro y una pequeña suma de dólares, que es lo que fui a buscar”, dijo. “Me pregunto con qué llave la abrieron. Cómo les llegó”, agregó.

El Ejército hizo trascender que Rico investigaba una venta de armas, pero su viuda estima que muy posiblemente lo que estaba investigando cuando lo mataron fuera una compra de armamento por parte del Ministerio de Bienestar Social.

Semanas después, el general Jorge Rafael Videla, refunfuñó ante Lilian: “Su marido había perdido el vocabulario militar y utilizaba el propio de un sociólogo. Arengaba y criticaba en todo momento. Lo cuestionaba todo. A las instituciones, y particularmente al Ejército".

Se ve  que Lilian adoraba a Martín, y cuando nació su hijo le puso ese nombre sin importarle que producto de su casamiento anterior con Carolina, Martín padre ya tuviera otro hijo llamado Martín, al que apodaban Gigí.

La crónica del entierro de Rico del diario La Nación concluyó así:

“Pasado mañana en el comando general del Ejército se completarán los pliegos de ascenso post-mortem al grado de general de brigada del coronel Martín Rico. Oportunamente el Poder Ejecutivo solicitará al Senado el correspondiente acuerdo constitucional”.

Por alguna razón, ese trámite –automático en el caso de militares muertos en acto de servicio– jamás se completó. Hasta que a fines de 2006, el presidente Néstor Kirchner y la ministra Nilda Garré subsanaron esa añeja y clamorosa omisión. Y, de paso, también ascendieron post-mortem al desaparecido Montiel. Fue justicia. 

 

   

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