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CARLOS GARCÍA GONZÁLEZ

El escultor que dotó a la fragata Libertad de su mascarón

 

 

La primera navegación de la fragata se hizo sin mascarón de proa. Carlos García González fue convocado a realizarla bajo la "amenaza" de ser colgado del palo mayor si no lo hacía. Bromas aparte, el escultor se puso a la tarea que le demandó un año de trabajo constante, desde el amanecer hasta el poniente, esculpiendo un tronco de cedro colorado de 6 metros de altura por casi 2 de diámetro. Trabajó al pie de la fragata en AFNE -Astilleros y Fábricas Navales del Estado- en el de Río Santiago. Anticipándonos al arribo del velero, presentamos a nuestros lectores al autor de tan notable obra que surca los mares del mundo. Con el gracejo y acento de un gallego chisporroteante y pícaro, Carlos accedió a charlar con nosotros en su tradicional chalet marplatense en la zona de Playa Grande.

 
La casa es de las que tradicionalmente se veían en Mar del Plata, con techos a dos aguas combinados entre sí, frente de piedra, jardín estrecho y frondoso separado de la vereda por una pared, también de piedras, con torretas entre espacios rectos y portón de hierro, que se abre a un camino de lajas hasta el porche, con su correspondiente farola pendiendo en medio del cielorraso penumbroso por la sombra de la arcada del frontis.


El escultor Carlos García González y nuestra editora momentos antes de la nota.

Salvada de la piqueta, luego de abrirse la puerta de roble macizo y lustrado, la señora FULANA DE TAL, esposa de nuestro amable y generoso entrevistado, nos guía hasta el amplio ambiente de la sala principal en la que se hermanan con dinámica armonía, esculturas y óleos rodeando el espacio de intimidad figurada que dibujan sillones y sofá en torno a una mesa baja y cuadrada sobre la que descansa, abierto, uno de los tantos libros que exhiben las obras de FULANO.

No hay, casi, referencias a la fragata Libertad ni a su Mascarón de proa. Salvo una pequeña fotografía enmarcada que parece navegar sobre otra de las esculturas que se exhiben, silenciosas y testimoniales, en ese gran salón.

Gracias por su amabilidad en darnos este tiempo para Magazine... Me gustar'ia que nos dijera dónde nació...

Bueno eso me lo dijeron porque cuando nací no era consciente... (risas) Nací en Vigo, Galicia, provincia de Pontevedra, España.

¿Y a qué edad llegó a la Argentina?

Vine pichón, bastante pichón...

Nelly, desde su sillón, acota "A los 16 años..."

Sí -confirma Carlos- 16, 18 años... Porque mi padre era un jerarca del Banco de Londres y lo trasladaron a Buenos Aires. Y trajo a toda la familia, lógico. No iba a dejarnos...

¿Quién era "toda la familia"?

Mi padre y tres hermanos y mi madre.

¿Cómo se llamaban?

Mi padre era José García Torres y mi madre, Gabriela González Suárez. Eran gallegos, como yo. Y de Vigo, además.

¿Y sus hermanos?

Mis hermanos también son de Vigo... José Manuel, Gabriela y Antonio. Y yo mismo, claro.

¿En qué año llegan a Buenos Aires?

En el '46, me parece...

¿Se acuerda a qué colegio fue en Buenos Aires?

Se produce un silencio y Carlos nos mira y exclama: ¡Pero qué preguntas más difíciles que haces! -y se ríe. Nelly nuevamente interviene y acota: En España fue a los jesuitas...

Sí -confirma- a los jesuitas. Soy un ex alumno de los jesuitas que les encanta que lo diga... (se ríe)

¿Cómo fue que se relaciona con el arte? ¿Cuál fue el hecho que lo motivó?

Mi madre era muy artista. Es más: dibujaba muy bien mi madre. Y tuve la fortuna de tener el mismo profesor que mi madre. En Vigo...

CARLOS GARCÍA GONZÁLEZ [Vigo 1926]

Se formó inicialmente en la Escuela de Artes y Oficios de su ciudad natal, con Vidales Espinosa, Maside y Carlos Sobrino, maestros a los que siempre recuerda con cariño. Después de la guerra civil acude a talleres de escultores, para aprender el oficio.

En 1949 se traslada a París, para cursar estudios en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes. Al año siguiente vive en Londres y trabaja con el escultor Frank Dobson.

Su tarea de artista la desarrolla en La Argentina, donde realiza muestras individuales, desde 1949 en Buenos Aires, Florida, y Mar del Plata.

Participa activamente en exposiciones colectivas de diversos países. En 1977 pudo conocerse su obra, de gran formato y aliento, en la exposición de la Agrupación de Escultores gallegos, realizada en el castillo de El Castro.

Su obra se exhibe en las Bienales Internacionales de San Paulo, La Habana, Barcelona. En el país suramericano donde reside alcanza importantes premios.

Se ha dedicado a la docencia, durante muchos años, en su taller bonaerense. Una de sus obras más conocidas es el mascarón de proa del buque escuela de la Armada Argentina "Libertad", concluida en 1964, y admirada en todo el mundo por los constantes viajes de dicha fragata.

Está representado en museos y colecciones de América y España. La escultura de Carlos García González es abstractiva, geometrizante, con vagos parentescos con la de Chillda, si bien el vigués es más barroco. Planos, curvas, volúmenes rotundos, en composiciones airosas, de gran fuerza expresiva, siempre con una intención monumental.

El nombre del navío también es importante. Los armadores de épocas pasadas intentaban evitar aquellos relacionados con el fuego, los relámpagos o las tormentas. Según algunos, no se debía cambiar nunca el nombre del barco, aunque entre los piratas era práctica habitual.

En otras zonas era habitual llevar un aro de metal en la oreja para alejar las tormentas.

Con el objetivo de proteger al barco y a su futura tripulación, los armadores colocaban una moneda bajo el palo mayor, tal vez como pago preventivo al barquero infernal Caronte. Una estrella polar dibujada en el extremo del bauprés también ayudaba.

Sin embargo, la protección del barco y su tripulación recaía sobre todo en el mascarón de proa. En su origen, los mascarones iban dentro del barco, cumpliendo una función religiosa: primero como cabezas de animales sacrificados a los dioses, después estas fueron sustituidas por tallas de madera. Finalmente pasaron a la proa, bajo la forma de algún animal totémico o alguna deidad marina, hasta que a principios del XIX se popularizaron las figuras femeninas (vestidas o no), por la creencia de que su visión amansaba a los dioses del mar. Si el mascaron fallaba en su cometido, y por tanto el barco naufragaba, se le cortaba la cabeza para que no volviera a ser utilizado.

 

 


Retrato de José Luís Borges, quien posó para Carlos.

 

 

 

Entonces fue su mamá que al ver que Usted tenía facilidad para el dibujo...

Sí, me mandó a su profesor. Era un profesor antiguo pero de los buenos profesores, a quien le estoy muy agradecido.

¿Se acuerda del nombre del profesor?

Sí, don Maximiliano Vidales Espinoza.

¿Qué le gustaba dibujar en esa época? ¿Cuáles eran sus temas preferidos?

Bueno, dibujar ¡todo! El dibujo no es una elección. A medida que uno va dibujando vienen más cosas y más cosas...

Pero ¿Había algo de su predilección, algo de la naturaleza?

Sí, claro... ¡Las mujeres desnudas! ¡Por supuesto!

(risas generalizadas y la mirada pícara de Carlos observándonos)

¡ Y sigue siendo ! -agrega como para que no haya dudas. (risas y más risas)

Con modelos vivos...

Y cuanto más desnudas,  ¡mejor! (carcajadas) Es que se dice y con verdad, esto de "la verdad desnuda" ¡Y es cierto! La verdad es desnuda, no es vestida. Vestir es una trampa, un sortilegio.

Ya en Buenos Aires, ¿continuó dibujando?

Sí, sí. Alquilé un taller en San Telmo y detrás de la iglesia de Santo Domingo... ¡Casi me lo incendian cuando lo de las iglesias! Es que el taller estaba en Defensa entre Belgrano y Venezuela. Detrás de esa iglesia, una de las más antiguas de Buenos Aires.

Y preciosa...

Sí, claro, como todas las iglesias...

En el taller ¿Pintaba...?

A ver... por favor... ¡Yo soy escultor!

Claro, desde ya... ¿Sobre qué material trabajaba?¿Madera, piedra, mármol...?

Primero modelaba, y antes de modelar, se dibujaba. El taller hace al artista. No hay maestro, hay un taller. Y muchas horas de taller. Cuantas más horas, mejor.
En aquella época había una bohemia en Buenos Aires y el barrio era San Telmo...

...bien bohemio...

Mi taller estaba en un primer piso sobre Defensa... Eran varios los artistas que tenían sus talleres por ahí. Entre ellos Fernández Muro, Colombres, gente destacada.
En aquella época había una vida bohemia. Hoy desconozco, pero me parece que ha cambiado mucho la cosa.

Es más comercial ahora ¿no?

Y más anónima. No nos conocemos entre nosotros ahora. Yo hablaba de Mar del Plata y no conozco a nadie aquí. Estoy aislado total. Aislado y con gusto estoy aislado.

¿Qué tipo de esculturas hacía por entonces?

Primero realismo. Mucho retrato, porque me tenía que ganar la vida. Está mal considerado pero es un hito importante. Es una disciplina. Uno la valora después. En el momento le parece que es una cosa comercial. Lo que quieran, pero si no fuera por eso no existiríamos los escultores. Es un modus vivendi.

¿Cómo trabajaba en esa época? Me refiero a que si exponía, si trabajaba por pedido...

Ambos. Exponía y trabajaba por pedido. Hice muchos retratos. Me dieron de comer los retratos.

Y ¿Cómo llegamos al famoso mascarón de proa de la fragata Libertad? ¿Quién lo convocó?

La verdad es que además de escultor, yo soy un albañil calificado. Estudié en la Escuela Industrial, el Otto Krause de Buenos Aires. Soy un modesto constructor de obras. Y conocí a un colega, un estudiante, que era hijo del pintor de la Marina. Andaban locos buscando un escultor. Entonces él, mi amigo, le dice "Papá yo conozco a un compañero que es escultor" Y el padre le dijo que me llevara a conocerlo.

¿Cómo se llamaba esa persona?

Capitán (Emilio) Biggeri. Un marinista, realmente muy bueno. Pero como es marino primero, antes que pintor. A él le parecía que ser pintor era una cosa... así como menor. ¡Peor era el pintor oficial de la Marina! Un gran marinista, repito. El caso es que no encontraban escultor, como si se escondieran, decían.
Así que el hijo me lleva, me presenta al padre y éste me dice algo así como "Usted me hace el mascarón de la fragata o lo cuelgo del palo mayor".

¿Cómo comienza con el mascarón

La verdad que un susto bárbaro cuando vi el troncazo que tenían.

¿De qué madera?

Cedro colorado.

¿Fue su primera relación con el mar, más allá del cruce del Atlántico con su padre y familia?

Tan directamente, sí. Pero mi abuelo era marino.

¿De la marina mercante?

Sí, mercantón era.

Bueno, pero navegaba...

Navegaba, por supuesto.

Estábamos en su amigo, el padre, y el tronco de cedro colorado. ¿En qué o quién se inspiró para lograr esa figura que terminó siendo el mascarón de la fragata? Porque a mí me contaron que se inspiró en una modelo de lujo...

... todas las modelos son de lujo... porque si no son lindas, no las tenés como modelos. (risas)

Bueno... está bien, pero ¿Cómo fue?

Primero, hay un problema de dimensión. Lo cual no deja de ser un problemón. Porque hacer una figura chica o mediana se resuelve. Pero una figura de 6 metros... Entonces, mi problema era trabajar la madera.

¿Qué dificultades tiene trabajar una madera así como la que fue, finalmente, el mascarón que todos conocemos?

Las dificultades son, más que nada, por el tamaño. Es una escala mayor que la natural. Si no, se reduce de una forma tremenda.

¿Cómo se logra llegar a esa armonía visual que se ve en el mascarón?

Bueno, hay un tema de experiencia y después, bocetos. Hice varios bocetos. Cuando los llevé me preguntó el capitán cuál era, y le dije que el que él quisiera.

Pero ¿Quién fue su modelo o su fuente de inspiración para ese perfil?

No lo sé. Uno cuando trabaja, está en el trabajo... no ve más allá digamos... 

Nelly, desde su ubicación en la sala, acota que cuando Carlos fue contratado por la Marina, en ese año muere esposa del escultor, dando a entender que esa fue su verdadera inspiración. De hecho, acotamos nosotros, el mascarón lleva una pequeña inscripción tallada con el nombre de esa primera esposa de Carlos: "A Nike"

Ah, pero esto hay que ponerlo en la revista...

No... ¿Para qué? -nos dice Carlos.

Sí, porque todo tiene una carga afectiva y es bueno que se la conozca, más allá de la figura, la talla, la forma, el mascarón... Hace mucho más humano al cedro colorado...

Bueno, lo que pasa es que yo era un neófito; nunca había hecho una cosa de ese tamaño.

¿Nunca?

Había hecho, claro, pero en tamaños "normales" digamos. Pero como el mascarón, ni hablar: son 6 metros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


La amabilidad de García González despidiéndonos.

¿Cuánto tiempo le demandó tallar el mascarón?

Un año. Y de la mañana a la noche. Mientras había luz. Se iba la luz, se iba el gallego. Fue una experiencia única y, además, consciente de lo que representaba. Eso me representó "ser". Antes del mascarón yo "no era".
Antes tuve varios premios pero... en fin, esas cosas son "escolares".

También tienen su significado...

Lo que pasa es que cuando Marina me contrata, averigua.

¡Claro! Porque no lo contrataron por ser el amigo del hijo...

(risas) No, claro que no... Pero ahí averiguando sobre mí conocieron mi trayectoria hasta entonces.

Finalmente, después de un año de arduo trabajo, llegamos al mascarón terminado...

Lo hice en la Marina, en el sitio donde estaba la fragata, al lado del barco. En el Astillero de Río Santiago. AFNE creo que se llamaba también.

Cuando lo vio terminado, ¿Cuál fue su primera sensación al verlo?

Pues cuando lo vi terminado me dije ¡Ahora a descansar!

¡A dormir!

Sí, a dormir. Porque soñaba que estaba trabajando. Terminaba el día y lo tenía grabado acá -se señala la cabeza-.

Nelly, la esposa de Carlos, interviene y acota que anteriores al actual mascarón, hubo dos que la Marina rechazó. Uno, recuerda, porque miraba hacia abajo y se quería que mirara hacia el horizonte. El hijo de Carlos, a su vez acota que en efecto, los mascarones deben mirar hacia el horizonte. En ese momento, Carlos se ríe con ganas...

¡Qué suerte la mía en tener...!

...una secretaria...

Además no le pago, me sale gratis... (risas)

Retomando... una vez emplazado el mascarón en la proa de la fragata ¿Qué repercusión tuvo en el público al descubrir su obra?

El primer público fueron los marinos. Es que uno miraba la obra terminada y recordaba lo que sentí con ese tronco de 6 metros y casi 2 de diámetro, que iba a trabajar con herramientas modestas, salvo la azada naval que es una maravilla de filosa y a la que tuve que aprender a usar.

Durante ese año de trabajo junto a la fragata ¿Hubo espectadores, marinos que visitaban el lugar, que le sugerían...?

No.. Bueno, no iba a prohibirle a las autoridades visitar el lugar, claro que no. Además eran capitanes de navío, almirantes. De curiosos, cuando se pasó la voz de que estaba tallando el mascarón de la fragata en el astillero, aparecieron muchos, sí. Siempre había una visita. Es que estaba en una zona militar y los galones... pesaban. Lo que sí, es que lo que yo pedía casi instantáneamente estaba ahí.
También tenía gente para hacer el andamio, para levantarlo o bajarlo. De un día para otro les decía que lo subieran un metro o lo bajaran...
El capitán en aquel momento era Villalobos, Tristán Diego de Villalobos. Era compañero mío en la Goethe Schüle, ambos estudiábamos alemán. Él era ingeniero naval y fue mi jefe entonces. Nos reímos cuando nos reconocimos mutuamente. En la marina lo llamaban "El Marqués", por el nombre tan largo.

¿Qué edad tenía usted en esa época?

¡Jolines! ¡Qué preguntas que me hace...! (carcajada)

Nelly comienza a acotar...

A ver, aquí tenemos a nuestro asesor...

...treinta y tantos años, completa Nelly.

Cuando estuvo todo terminado ¿Qué pasó?

Ah, no sé. Cuando terminé me fui y chau.

Nelly concurre con su información: nos dice que el mascarón tuvo que ponerlo urgente porque el buque tenía que zarpar.

¿Que siente usted cuando ve a la fragata navegando, en las fotos que se publican o en las imágenes que se proyectan en la televisión?

Pues la verdad, orgullo, claro. Además veo mi obra allí, para los pescaditos (risas).

Revista Magazine y Editorial Maraustralis agradecen al artísta Carlos García González la afabilidad, la calidad de nuestro anfitrión y la paciencia que nos tuvo cuando, por un problema en nuestra cámara, hubimos de retornar a su casa para reiterar las tomas. A él y a su familia, muchas gracias.

Fotos Revista Magazine

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06/01/13

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